Que niños y niñas, desde temprana edad, suelen rechazar las verduras es un hecho. Y la causa puede ser una combinación entre el rechazo inicial casi instintivo a sabores amargantes y el rechazo hacia alimentos nuevos y desconocidos. ¿Por qué? ¿Cómo podemos fomentar el gusto por una alimentación sana y variada en niñas y niños?

Cómo se forma el sentido del gusto en el bebé

Ni vista, ni oído, ni tacto ni olfato. El sentido del gusto es el primero que se forma en el ser humano. Y esto ya empieza en el útero materno, a través del líquido amniótico. Así que lo que coma la madre ya empieza a influir en las experiencias gustativas del bebé en formación.

Al nacer, los primeros sabores que se desarrollan en su percepción son el dulce y el amargo. El dulce, además, está muy asociado a su primer alimento: la leche, sea materna o no. Así que es natural que el gusto por el dulce se prolongue, al menos, durante la infancia.

Entre el quinto y sexto mes de vida, los bebés ya empiezan a intuir el salado y el ácido. Y esto viene a coincidir con el momento en que empiezan a ingerir alimentos sólidos. Y aquí pueden empezar ciertos problemas de rechazo ante determinados alimentos. ¿Por qué, si no los han probado antes? Precisamente por eso, por percibir en ellos sabores muy diferentes a la leche a la que estaban acostumbrados.

Y necesitaremos unos meses más, hasta el año, para que el bebé tenga un desarrollo gustativo similar al del adulto, aunque el desarrollo total se alargará hasta los seis años.

El sabor amargo y el instinto

En el desarrollo del sentido del gusto del bebé tenemos dos de las claves que llevan al niño o niña a, posteriormente, rechazar ciertos alimentos y entre ellos, especialmente, ciertas verduras. La primera clave se halla en el sabor amargo

Hemos visto que el dulce está ligado al primer alimento del bebé. Pero el amargo es el otro sabor que se desarrolla primero. ¿Por qué? Los sabores son, al final, fruto de una interpretación cerebral. Y muchas substancias tóxicas se detectan por ese sabor amargo, que además nos resulta desagradable. Las plantas, como mecanismo de defensa, han desarrollado toxinas en su composición, y muchas de ellas son alcaloides que, justamente, tienen un sabor amargo para nosotros. Así que durante el proceso de desarrollo del ser humano como especie, cuando éramos recolectores, poder percibir el sabor amargo venía a ser como un seguro de vida. Y lo hemos heredado. Para muestra, un botón: tenemos 25 receptores para los sabores amargos y dos para los dulces. Así que también tiene sentido evolutivo el desarrollo tan temprano de la percepción del sabor amargo.

A esto le sumamos que los sentidos en desarrollo del niño o niña son muy sensibles, y que hay hortalizas de sabor amargante (sobre todo las verduras de hoja), y ya tenemos organizada la predisposición al rechazo.

El rechazo a lo nuevo como factor de seguridad

Pero vamos a seguir sumando un poco más. Y también vamos a retroceder a la formación del ser humano como especie.

Como cazador recolector, el ser humano era omnívoro y, por tanto, predispuesto a probar nuevos alimentos. Y más que por gusto, el probar implicaba descubrir si algo te sentaba bien o mal. Y el sentar mal acaba implicando un sentido de prudencia ante nuevos alimentos. Teniendo una red de alimentos que ya sabían que les sentaba bien, esa prudencia podía desembocar en el rechazo a los nuevos y así, instintivamente, evitar exponerse al riesgo de toxinas.

Este comportamiento instintivo de rechazar alimentos nuevos también lo hemos heredado y es normal que, hasta los seis años, los niños y las niñas manifiesten reticencias ante alimentos con los que no han tenido experiencia previa. Es lo que se llaman comportamientos neofóbicos, que si perduran con el tiempo pueden llevar a la neofobia alimentaria como transtorno en el que se evita la ingestión de ciertos alimentos.

¿Cómo hacemos que los niños coman verduras?

Dándole la vuelta a lo que hemos explicado, y las claves residen en la familia y en la cocina.

La familia es el entorno seguro. Hemos de pensar que el ser humano es uno de los mamíferos que nace menos desarrollado, y con más dependencia de los padres para desarrollarse. Así que esa seguridad puede contrarrestar el rechazo instintivo a los nuevos alimentos de dos modos:

  • viendo a la familia comer diversidad de alimentos;
  • siendo la familia quien le proponga probar diversidad de alimentos.

A su vez, en el entorno familiar podemos positivar verduras y hortalizas a través de su participación en un pequeño huerto de tiestos en el balcón (ver aquí Siete verduras y hortalizas para un huerto en casa con niños y niñas), por ejemplo, dejando al niño o la niña elegir entre diversas verduras y hortalizas al hacer la compra, haciéndolos participar de la cocina…

Y es que la cocina es la otra gran aliada para contrarrestar el rechazo a las verduras, cocinando o no con ellos. En la cocina podemos compensar el sabor amargo. Así, por ejemplo, podemos atenuar el tono amargante de las acelgas que el niño percibe cocinándolas con otras hortalizas más dulces como la zanahoria. También se pueden usar técnicas de cocina que se las hagan más agradables, como asar hortalizas, que carameliza sus azúcares.

Al final, se trata de explorar respetando sus gustos. Es más efectivo buscar estrategias que positiven los alimentos sanos a obligarles a comérselos, que sin duda hará que los negativicen. La negativización puede hacer que rechacen directamente todo un grupo de alimentos, cuando igual lo rechazan porque les desagradó la textura o cómo estaba cocinada. Si se les obliga, les costará mucho más volverlo a probar, aunque lo cocinemos de otro modo.

Escrito por:uranda

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